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MI ORACIÓN, DIOS MÍO, ES ESTA: imagen campestre



Hiere, hiere la raíz de la miseria en mi corazón.

Dame fuerza para llevar ligero
mis alegrías y mis pesares.

Dame fuerza para que mi amor dé frutos útiles.

Dame fuerza para no renegar nunca del pobre,
ni doblar la rodilla al poder del insolente.

Dame fuerza para levantar mi pensamiento
sobre la pequeñez cotidiana.

Dame fuerza, en fin, para rendir mi fuerza,
enamorado, a tu voluntad.

(Rabindranath Tagore, 1861-1941)






PADRE NUESTRO



Líbranos, Señor, Padre mío,
Padre nuestro,
de mayorías respetables
y cárceles de decretos,
de los buenos ciudadanos
que custodian, impasibles,
armarios con esqueletos,
de mercaderes y traficantes
que ocultan intenciones
en todo cuanto dicen
y a todo le ponen precio,
de todos los señores de la guerra
y del acero,
de los ludópatas del oro
y la miseria ajena,
de los comerciantes del alma
que llenan los estadios,
y de los poetas frívolos que cantan,
encandilados, a la luna llena.

Líbranos, Señor, Padre mío,
Padre nuestro,
de los mecánicos de la sonrisa
y sus alas de murciélago,
de los hijos de la Bestia
y sus estadísticas,
de los niños furiosos
que comen en McDonalds,
de pornógrafos inductores
del sufrimiento que perfila
los crepúsculos más siniestros,
de los maestros de la oratoria
y las élites de las academias,
de los ojos del Gran Hermano,
de sus oficiantes y consejeros,
de los profesionales impecables
del ocio religioso y cadavérico
hecho carnaval de feria triste
con profetas maquillados
que remueven cienos viejos.

Líbranos, Señor, Padre mío,
Padre nuestro,
de los nuevos chamanes del genoma
y de la bomba de hidrógeno,
de los amantes del luto riguroso
y del rito solemne y serio,
de virtuosos y engolados caballeros
que de la falsa humildad
hicieron oficio
y de la vida un lujo ilícito
fuera de sus cáscaras de hielo,
de los inapelables herederos
de imperios y de intereses,
de los corruptores incansables
de todo lo que es bello
de dogmáticas eminencias
y de genios perversos,
de mediocres intolerantes,
alquimistas espúreos de la palabra
y catedráticos del verbo.

Líbranos,
Señor, Padre mío,
Padre nuestro,
de los enemigos que acechan
ocultos en nuestro pecho
para desgarrar tu bandera
y robarnos el ímpetu del viento,
verdugos bulliciosos y comparsas
de la angustia y de la cólera,
demiurgos espontáneos del bostezo,
hienas disfrazadas de palomas
buscando nirvanas y burladeros,
militantes incansables en motines,
tibiezas, desmayos y fisuras,
tan parte de nosotros y tan nuestros
que a espaldas nos negocian
armisticios cómodos y eclécticos,
hermanos sonámbulos de vidrio
ante las bayonetas afiladas
en el umbral y la víspera del tedio.

Ya lo ves, Padre de todos,
Padre nuestro,
no abandonamos la trinchera,
contra las cuerdas,
devoramos nuestro miedo
y entre alambradas, bajo el fuego,
en combustión firme y rectilínea,
en ascuas de júbilo decidido,
apuramos palmo a palmo
toda veta de esperanza,
labrando entre los surcos
restauramos las grietas con torpeza,
y a pie firme sobre la Tierra
abrimos los brazos hacia el Cielo.

(Juan Fco. Muela)






AL NACIMIENTO DE CRISTO, NUESTRO SEÑOR


Pender de un leño, traspasado el pecho,
y de espinas clavadas ambas sienes,
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho;

Pero más fue nacer en tanto estrecho,
donde, para mostrar en nuestros bienes
a donde bajas y de donde vienes,
no quiere un portalillo tener techo.

No fue esta más hazaña, oh gran Dios mío,
del tiempo por haber la helada ofensa
vencido en flaca edad con pecho fuerte

(Que más fue sudar sangre que haber frío),
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre, que de hombre a muerte.

(Góngora, 1561-1627)






¿QUÉ QUIERES?


¿Qué quiero, mi Jesús? ... Quiero quererte,
quiero cuanto hay en mí del todo darte
sin tener más placer que el agradarte,
sin tener más temor que el ofenderte.

Quiero olvidarlo todo y conocerte,
quiero dejarlo todo por buscarte,
quiero perderlo todo por hallarte,
quiero ignorarlo todo por saberte.

Quiero, amable JESUS, abismarme
en ese dulce hueco de tu herida,
y en sus divinas llamas abrasarme.

Quiero, por fin, en Tí transfigurarme,
morir a mí, para vivir tu vida,
perderme en Tí, Jesús, y no encontrarme.

(Calderón de la Barca, 1600-1681)






SONETO A JESÚS CRUCIFICADO



No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo tan herido,
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que, auqnue no hubiera cielo, yo te amara,
y, aunque no hubiera infierno te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera;
pues, aunque cuanto espero no esperara;
lo mismo que quiero te quisiera


Anónimo, atribuido a Teresa de Jesús, 1515-1582



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