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Desde siempre ha sido intención de Dios la creación y consolidación de un pueblo suyo que experimente su salvación en medio de la Historia anticipando así la salvación final que espera y proclama.
El origen de la iglesia cristiana se halla en la voluntad salvadora y liberadora de Dios para toda la Humanidad que se manifiesta de forma concreta en aquellos que aceptan por la fe, mediante una decisión individual impulsada por el Espíritu Santo y de forma voluntaria y consciente, que "...de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito para que todo aquel que en Él crea no se pierda sino que tenga vida eterna" (Evangelio de San Juan cap. 3, versículo 16) viendo claramente que estas palabras les interpelan y atañen directamente pues se reconocen pecadores (responsables de haber obrado el mal, débiles, contradictorios, necesitados del perdón y el auxilio divinos) y desean orientar sus vidas desde ese momento en dirección a la voluntad amorosa de Dios. Así, aceptan creer y seguir a Jesucristo y reconocerle como único Señor y Salvador de sus vidas aceptando de Dios el don del perdón y de la vida verdadera que en Él se ofrecen porque en Él reconocen la respuesta definitiva de Dios ante los grandes interrogantes de la existencia:
- Dando sentido a la vida frente a la angustia del sinsentido y del absurdo existencial.
- Dando vida eterna que rompa el hecho inapelable de la muerte y el sentido de finitud que nos invade y condiciona todo lo que somos y hacemos.
- Dando amor, perdón, restauración y aceptación frente a toda neurosis y culpabilidad.
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...de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito para que todo aquel que en Él crea no se pierda sino que tenga vida eterna" |
Hay muchos que dicen hoy creer en Dios pero no querer saber nada de iglesias, sean cuales sean. Nosotros, al contrario, creemos que no hay experiencia integral de salvación sin iglesia, sin experiencia de pueblo, pues Dios ejercita su salvación en el ámbito de un pueblo y no en individuos aislados. Sólo en la comunidad de los renovados por Jesús se experimenta realmente y sin deficiencias la cercanía y la realidad de la salvación. Es Dios mismo quien nos pide que nos constituyamos en comunidad. Jesús es su inspirador y el cohesionador y creador de esa comunidad es el Espíritu Santo.
La Iglesia es la comunidad del pueblo de Dios, un organismo carismático instituido por Dios como agente de su plan de redención para la Humanidad y la Historia. Esta comunidad es también, como afirma el teólogo Moltmann, la forma social de la justificación por la fe. La comunidad cristiana es comunidad de fe, de adoración y de oración pero también de vida y amor en torno a lo esencialmente cristiano que es la persona de Jesús de Nazaret en quien se muestra y se explicita Dios mismo de modo definitivo. La razón de ser de Ia iglesia es, pues, la anticipación del reinado de Dios. Su misión prioritaria es construirse como pueblo y, desde esa realidad social alternativa (en sus valores y en su fundamento) anunciar el Evangelio invitando a seguir a Jesús en comunidad.
Pero esta comunidad no es un fin en sí misma sino que es constituída por Dios para que, en el poder del Espíritu Santo, cumpla en su seno su misión interna que no es otra que ser, de verdad, ella misma, autoconstruirse según la voluntad de Dios en Cristo y que, a través de ella se cumpla su misión externa: ser el testigo y el agente proclamador de Dios, de su salvación ofrecida en amor y buena voluntad a todos los seres humanos. Por tanto la iglesia es lo que debe ser en la medida en que ella misma vive la realidad del reino y así lo hace presente en el mundo y en la sociedad
A menudo, la iglesia no es como debiera pero, aún así, es el proyecto irrenunciable de Dios pues el espacio que Él ha previsto para que podamos experimentar la anticipación del reino que Él nos ha prometido y en el cual con fe esperamos y confiamos. Un cielo y una tierra nuevos donde morará la justicia y donde desaparecerán la alienación, el miedo, la muerte, el dolor y el sufrimiento.
Somos una Iglesia que intenta regirse, y ser consecuente con ello en su práctica y doctrina, por los tres principios fundamentales de la Reforma (sola gratia, sola fide, sola Scriptura) intentando vivir, en la medida de sus posibilidades históricas, un Evangelio lo más sencillo, radical y cristocéntrico posible. Por ello nos reunimos y constituímos como Asamblea de culto (de liturgia muy libre y participativa) centrados primera y principalmente, en torno a la Palabra, única fuente vinculante reconocida de autoridad en materia de fe y conducta.
En definitiva, creemos en una iglesia que sea un organismo vivo, dinámico, múltiple y en contínua evolución y crecimiento en consonancia con lo que fue pero sin dejarse encadenar por ello, rectificando sin complejos cuando sea necesario y reconociendo sus errores (ecclesia reformata, semper reformanda). Y una iglesia, también, comprometida por su Señor a contribuir a la construcción de un mundo en el que, parafraseando a Jon Sobrino, ?..podamos vivir sin tener que avergonzarnos?.
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Cuando hablamos de iglesia no nos referimos necesariamente a las iglesias institucionales, aunque tampoco las despreciemos sino a comunidades de fe donde lo más importante son las personas y no la institución misma. Es en la comunidad donde se ejercita y realiza la integración Evangelio-vida compartiendo lo que se es, lo que se tiene, lo que se siente y lo que se hace. Un espíritu unánime debe unirnos en lo esencial, un espíritu de libertad debe normar lo secundario y un espíritu de amor y altruismo debe regir todas las relaciones entre sus miembros en todas las esferas.
Nosotros partimos de una consideración carismática de la iglesia, que entiende y cree que es el Espíritu Santo el que da dones a todos los miembros de la comunidad cristiana que deben ser ejercidos en sometimiento al Señor y a la Escritura, para el bien común y para la edificación de su Iglesia (Efesios 4:11-16). Esta Iglesia, cuya única cabeza es Cristo, es la que, desde sus orígenes, en sus necesidades y misión, justifica y hace necesarios los ministerios, por lo que ninguno de ellos es un fin en sí mismo ni tiene sentido por sí sólo.
No creemos que ningún ministerio tenga, necesariamente, carácter vitalicio ni se inscriba dentro de un orden jerárquico preestablecido. Es mediante el acto de discernimiento comunitario guiado por el Espíritu Santo para el hoy de su Iglesia, por el que se reconocen servicios que, se entiende, que ya se vienen ejercitando dentro de lo que queremos que sea una fraternidad de iguales. Los dones para el servicio que Dios dé a su pueblo el día de mañana son algo que está sólo en la mano de Dios mismo y de su voluntad y que la comunidad deberá discernir en su momento.
En coherencia con todo lo anteriormente dicho, nuestra iglesia se rige, en todo, por las decisiones de su Asamblea General (de la que forman parte en igualdad todos sus miembros) a la que entendemos que Dios manifiesta su voluntad a través de la guía de su Santo Espíritu (y no a ningún líder en particular).
De ahí emerge el segundo nivel de gobierno de la iglesia, pues, ésta, en ejercicio de su discernimiento espiritual, es la que nombra y llama a un consejo de pastores-presbíteros o Presbiterio (actualmente compuesto por cuatro personas, 2 mujeres y 2 hombres) con la misión de llevar a término los objetivos que precisa alcanzar como comunidad. Así, el ministerio presbiterial, término bíblico procedente de la tradición judía, que referimos hoy a pastores y maestros reconocidos por la comunidad por sus dones, experiencia, formación bíblica y teológica, madurez y aptitud para que gobiernen la iglesia local (1ª Timoteo 5:17-18) emana del don de Dios a su iglesia y del discernimiento de la propia comunidad y nunca debe entenderse en sentido jerárquico, y menos aún, autoritario, sino en el espíritu de servicio que enseñó Jesús de Nazaret, quien no vino a ser servido sino a servir (Mateo 20:25-28). Los Presbíteros ejercen, pues, con cierta autonomía, el pastorado de la comunidad y velan por su madurez, su libertad, su promoción espiritual y humana y por el mantenimiento y actualización de la doctrina del Evangelio, de conformidad con las bases de fe y praxis de la Iglesia pero siempre en armonía con las directrices emanadas de la totalidad de la congregación.
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La koinonía o comunión no es sino la experiencia específica en que desemboca la puesta en común comunitaria. En nuestro contexto diremos que la palabra comunión es de raigambre profundamente bíblica y designa una unión muy estrecha, radical, entre los seres humanos a causa de su común y profunda relación con Dios. Sólo habrá una comunión entre nosotros si hay una comunión de todos y cada uno con Dios. Dios une a los creyentes consigo y, de esta manera, los une entre sí. Entre los cristianos, es el amor que Dios les muestra y que ellos le devuelven el que hace de lazo y de fuerza de unidad.
La comunión con Dios y con los humanos se realiza, según la Escritura, en Cristo (Gál 2.19-20; 3:28; 6:17; 1ª Co 4:10) y en el Espíritu. Prácticamente, la comunidad cristiana que vive en comunión descubre poco a poco un estilo de relaciones que evidentemente sale de lo habitual. En el Nuevo Testamento no faltan indicaciones prácticas en este sentido. Recordemos en particular : la solidaridad y el respeto mutuos, la unidad espiritual (Fil 2:1-11), la oración en común y el sentido de la acción de gracias (Ef 5:18-20), el sostén mutuo, el perdón fraterno (Col 3:19). Y siempre se insiste en que cada uno conserva su personalidad y sus dones propios (1ª Co 12; Ro 12: 3-8), en la humildad y la alegría de la puesta en común.
Comunión implica poner en común la vida fomentando el intercambio de vivencias entre los miembros, de manera que cada vez se sientan más un verdadero Nosotros interpersonal y poner en común la fe, porque los cristianos se interrelacionan también para dejarse edificar o construir en esa fe por la aportación de los demás y el intercambio con ellos. También exige que sus miembros acepten unos valores éticos comunes y que organicen eficientemente los encuentros comunitarios a que haya lugar y necesidad (juntas, reuniones evaluativas, convivencias, reuniones de compartir, de oración, de exposición de la Palabra, etc).
Por último, comunión implica también aceptar la cruz, porque vivir en comunión no se logra desde la imposición unilateral de lo que uno piensa sino desde la donación de la propia vida. La Iglesia tiene que saber que la comunión implica el ceder algo todos, la búsqueda común de la verdad del Evangelio, el diálogo clarificador, el abandono valiente de las propias ideas y prejuicios al encontrar la verdad. No se trata de una pura utopía ensoñadora, sino una gozosa prospectiva basada en una esperanza hecha posible por el Espíritu Santo.
A un nivel general, en la vida de la Iglesia se manifiesta y se crea la koinonía cuando :
1. ...todo hombre y mujer, especialmente los más pobres y los últimos, encuentran la acogida, el afecto y la cercanía de otros sin sufrir ningún tipo de discriminación o segregación..
2. ...todos los miembros de la iglesia ven en sus pastores una garantía de la verdad del Evangelio y un signo de la unidad de la Iglesia.
3. ...la Iglesia rompe sus fronteras y sale al resto de la sociedad.
4. ...la Iglesia se concreta en estructuras horizontales, mínimas, no opresivas, que respetan, aman y ayudan desde el amor, la misericordia y el apoyo fraterno.
5. ...aparecen tejidos participativos en los que es posible que la corresponsabilidad se exprese de verdad la común dignidad e igualdad esencial de todos los cristianos.
6. ...la pluralidad es vista y actúa, como riqueza que, solamente en su conjunto unido, es muestra de lo inabarcable de la comunión de Dios, en cuyo seno caben todos.
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Somos una iglesia que se entiende como parte de la Iglesia universal de Cristo sobre la tierra, sin pretensiones hegemónicas sobre otros modelos de Iglesia pero sin complejos de inferioridad frente a ellos, dando gran importancia a la comunidad local a la que consideramos, por sí misma, con sus peculiaridades y su idiosincrasia particular, como célula básica de la iglesia universal. Así, vemos en la pluralidad (en la verdadera pluralidad que exige verdadera autonomía) una riqueza que corresponde al valor inalienable de la libertad en el Espíritu y de la libertad de conciencia lo que no impide que participemos en todos los foros de encuentro, comunión y debate entre los demás protestantes en España y en el mundo para, sin renunciar a nuestra identidad, sabernos y sentirnos parte de una Iglesia de horizontes mucho más amplios.
Desde nuestra experiencia eclesial vemos la unidad de la Iglesia desde la comunión de la libertad plural y el respeto de la identidad de cada grupo cuyos miembros, si convertidos a la fe salvadora en Jesús, son considerados pueblo de Dios, pertenezcan a la denominación o Iglesia a la que pertenezcan. Este es el principio que fundamenta nuestro sentido ecuménico.
Podríamos aprovechar aquí para decir que somos los únicos o, al menos, los mejores. Sería pretencioso o ridículo. Tampoco vamos a hacer un discurso sobre relaciones ecuménicas (quizá lo hagamos algún día). Por el momento para que entendáis lo que pensamos de cuantos como nosotros se dicen cristianos ya sean católicos, protestantes u ortodoxos, os diremos que suscribimos estas palabras del gran predicador
John Wesley, fundador del metodismo. Es un precioso alegato sobre como la tolerancia y la pluralidad no tienen porqué ser un obstáculo para la fraternidad entre los verdaderos cristianos sino una riqueza a disfrutar. A pesar de llevar escritas estas palabras más de 250 años no pueden ser más actuales y frescas. Parecen escritas ayer mismo, para nosotros...para todos...
"Aunque cada cual necesariamente cree que toda opinión particular que sustenta es verdadera, nadie puede tener la absoluta seguridad de que todas sus opiniones tomadas en conjunto lo sean ni el derecho de actuar como si lo fueran. Más aún, todo hombre de criterio está seguro de que no lo son.
"Todo el que es sabio, en consecuencia, ha de conceder a los demás la misma libertad de pensamiento que desea que se le conceda a él; y no ha de insistir en que los otros abracen sus opiniones más de lo que quisiera que los demás insistieran en que él abrazara las suyas.
"El cristiano humilde y ecuánime tolera bien a los que difieren de él y sólo le hace a aquél con quien quiere unirse en amor esta única pregunta: ¿Es tu corazón sincero para con el mío?. En esta cuestión lo que está implícito es: ¿Es tu corazón sincero con Dios?¿Crees en su ser y en sus perfecciones?¿Crees en el Señor Jesucristo?¿Ha tomado Él forma, por la fe, en tu corazón?¿Está tu fe llena de la energía del amor? ¿Has comprendido que tu felicidad radica en seguir la voluntad de Dios? ¿Estás ocupado no en seguir tus propios caminos sino en hacer la voluntad de Aquél que te llamó y te envió? ¿Tienes más temor de desagradar a Dios que de la muerte o del infinito? ¿Es tu corazón sincero para con tu prójimo?...Si es así, dame la mano.
"No quiero decir: Sé de mi misma opinión. No quiero decir: Adopta mi forma de culto. No quiero decir: Haz las cosas como yo. Míralo todo con mis ojos. No, dejemos de lado estos puntos menores. Quiero decir, primero, ámame, y esto no sólo cómo amas a toda la Humanidad...sino como a un hermano en Cristo, un camarada en las filas, como a un compañero en el Reino y en la paciencia de Jesús, y coheredero de su gloria...
"Ámame con ese amor que es paciente, Aún si crees que yo soy ignorante o que me desvío del camino...Quiero decir, encomiéndame a Dios en todas tus oraciones. Quiero decir, provócame al amor y a las buenas obras. Quiero decir, no me hables de palabra solamente, sino en obras y en verdad. Y, hasta donde puedas hacerlo, sin violentar tu conciencia, únete conmigo en la obra de Dios"
(John Wesley, Sermón XXXIX, I: 12; II : 1-4. Londres 1745)